¡No me toque el programa! Es lo que suele pensar una buena parte de un equipo de trabajo cuando se anuncia un cambio de carácter informático.
Si bien es cierto que suele llevarse a cabo con la intención de mejorar un servicio o producto, también lo es que el modo en que se implementa suele dejar mucho que desear.
El top 5 de los errores que se suelen cometer, podría ser el siguiente:
- A la hora re recoger sugerencias, apenas se tiene en cuenta el conocimiento y experiencia de las personas que utilizaban el programa anterior.
- Se plantean pocas (o muy pocas) reuniones para informar del proceso a seguir para poner en funcionamiento la nueva herramienta informática.
- Las reuniones que se convocan suelen realizarse de tal modo que la mayor parte de los/as asistentes se quedan insatisfechos/as.
- Una vez instalado el programa, apenas se da asistencia técnica a las personas que van a trabar con él.
- ¿A alguien le preocupa cómo se está sintiendo el grupo ante el cambio?
Dichos errores provocan que se disparen las resistencias, las cuales normalmente se expresan a través de una ruidosa rumorología que alberga fantasías de todo tipo y condición. También es fácil que surjan todo tipo de problemas que dificulten su puesta en marcha (aparecen fallos o quejas que llevan a nuevas revisiones y actualizaciones).
Ante todo esto es inevitable hacerse la siguiente pregunta: ¿qué hubiera sucedido si se hubiera planificado de otro modo? Es cierto que probablemente hubiera conllevado ampliar plazos (y en ocasiones también el presupuesto), pero seguramente hubiera merecido la pena. Además cuando un cambio se gestiona de forma adecuada, el equipo suele vivirlo como una clara muestra del cuidado que pone la organización por hacer bien las cosas y tener en cuenta a las personas que trabajan en ella, lo cual resulta muy motivador (y cohesionador).
